Frente a tiempos complejos, preguntas aún más complejas.

Por; Mireya Flores Santillán

Premio Estatal de Ensayo

Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que ustedes, estimados lectores, y yo pudimos  reunirnos en esta sección. La vida se interpuso de algunas maneras y se volvió difícil encontrarnos aquí. Pero ahora estamos empezando un nuevo año, y aunque la dureza de estos tiempos vuelve complicado el surgimiento de nuevas esperanzas, no quiero dejar de desear que este 2026 traiga mucha salud y armonía en los hogares de cada persona que lea estas líneas. Deseo que este año tengamos muchos más pretextos buenos para encontrarnos en estos textos, que aquellos que suscitan urgentemente una reflexión mucho más seria.

Y es que el 2026 no tardó nada en darnos nuevos aprendizajes. A tan sólo tres días de haber empezado el año, ya enfrentamos un evento que sacudió la geopolítica del continente americano. Seguramente, muchas de las personas que están leyendo esto ahora ya se han encontrado con diversas opiniones alrededor de la intervención de Estados Unidos en Venezuela, e incluso han generado las suyas propias. Independientemente de la ideología política con la que nos sintamos más identificados, el hecho es que el sufrimiento humano que causa un suceso de este tamaño no puede dejarnos indiferentes. El problema recae en si realmente estamos pensando la realidad con la complejidad que ésta exige, pues eventos como éste nos muestran que probablemente nuestras herramientas de análisis se están quedando obsoletas, y que tenemos mucho trabajo por hacer, más allá del evidente. Por ello, quiero aprovechar este espacio para pensar algunas cosas alrededor de lo que esta crisis viene a decirnos de nuestra propia sociedad.

El exceso de información

Más allá de lo obvio y necesario que es denunciar las crisis humanitarias, lo que pasó con el resto del conflicto fue que se simplificó, se malinterpretó o se ignoró. Pudimos ver que nuestras habilidades de investigación, comprensión lectora, escucha y diálogo están verdaderamente dañadas. En lo que respecta a los grandes medios de comunicación, era esperable que fueran amarillistas y sensacionalistas, como finalmente lo fueron. La parte más interesante estuvo en los creadores de contenido, en los comentarios y publicaciones que completos desconocidos ponían en diversas plataformas de internet.

Todo este flujo de información y opiniones pareció, al principio, dirimirse entre dos bandos: quienes celebraban los bombardeos en Caracas porque apoyaban el gobierno de Donald Trump y aquellos que sentenciaban la intervención imperialista porque en el fondo apoyaban la dictadura de Nicolás Maduro. Los primeros memes, tweets y videos sostuvieron estas narrativas por demás reduccionistas; muchos de ellos, además, recurrieron a noticias manipuladas y a imágenes creadas con IA. Así se posicionaron discursos maniqueos y se apresuraron conclusiones, después de lo cual se volvió más difícil emprender una reflexión personal, pues cada vez era más difícil encontrar información que se tomara el tiempo de explicar con claridad. Esto, para quienes se quedaban a investigar, porque la saturación de  información, más bien, causó ansiedad y retraimiento en muchas personas.

La necesidad de expresar una opinión y la deshumanización de los problemas sociales

A los horrores obvios que implican las crisis humanitarias se le suman los síntomas de una sociedad hiperconectada y sumida en un sistema que es cada vez más decadente. El incesante flujo de información resumida, de opiniones reduccionistas y polarizantes incitó un sentimiento de obligado y expedito pronunciamiento personal que restrasó la reflexión en pos de un posicionamiento. No me malentiendan, queridas personas lectoras: siempre he pensado que es necesario pronunciarse frente a las crisis sociales. Sin embargo, lo que esta vez llamó mi ateción fue la importancia que se le dio a la rapidez con que se elegía un “bando”. Parecía que estuviéramos frente a un partido de fútbol y que tuviéramos que elegir un equipo que, automáticamente, nos ponía en contra del otro.

La cereza del pastel fue el conglomerado de discursos deshumanizantes, paternalistas, clasistas y fascistas que pudieron verse desde muchos frentes. Vimos a aquellos que pedían no hablar si no éramos de Venezuela, pero también a aquellos que argumentaban tener credenciales suficientes para hablar de este problema. Lo más preocupante no es ver a un fascista reafirmando la simpleza de su alteridad, sino ver a una persona consciente de la complejidad replicar lógicas fascistas. Al final, la discusión real se transformaba en una discusión bizantina en la que lo más importante se volvió demostrar que el otro “equipo” estaba mal. Todo esto mientras todavía había personas sufriendo las consecuencias de los bombardeos, y que, de hecho, fueron rápidamente olvidadas en la discusión.

Tengo que destacar que, aunque muy pocos, sí encontré contenidos que cuestionaban la complejidad de la situación desde dudas legítimas e incómodas, lo cual interpreto como   una pequeña chispa de ese fuego nuevo que deberíamos encender desde las ciencias sociales, las humanidades y la opinión pública. Este evento dejó en evidencia que nuestra realidad necesita nuevas herramientas para pensarse a sí misma, que ahora más que nunca debemos no estar tan seguros de tener una respuesta definitiva frente a los problemas sociales. Generar una opinión lleva tiempo, esfuerzo, silencio, cosas que de por sí ya nos hacen falta en nuestro día a día. ¿Qué clase de opinión podemos generar con información contada a medias, de rápido, y con todos gritando al mismo tiempo?

Por supuesto que el conocimiento académico sirve para aproximarse a los problemas sociales, así como la cotidianidad también genera sus propios saberes en la experiencia. Nada es sólo blanco o sólo negro. La relevancia de este evento radica en que nos mostró cuán complicado es argumentar desde varios frentes sin que nuestras ideas sean simplificadas. A riesgo de sonar repetitiva, diré que los conceptos de “izquierda” y “derecha” cada vez nos dicen menos, pero que es nuestra obligación política señalar cualquier intento de fascismo venga de donde venga.

La noche de Año Viejo no tenía un deseo en particular para este año, pero creo que ahora puedo desear que nuestra realidad no nos enfrente tan pronto a otra crisis humanitaria, pero que si sucede, ojalá tengamos siempre la capacidad de detenernos a cuestionar absolutamente todo antes de opinar apresuradamente. El pronunciamiento con banderas puede esperar, porque jamás será tan urgente como la necesidad de condenar el sufrimiento humano en tiempo real.

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