Reflexiones catárticas sobre las condiciones laborales mexicanas.
Por: Mireya Flores Santillán
Premio estatal de ensayo.
En esta ocasión, quiero aprovechar este espacio para enhebrar algunas reflexiones que se han desatado de mi contexto personal más inmediato, pero que se relaciona con un problema que afecta a muchísimas personas en nuestro país. Me permito esto con el anhelo de compartir algo que resuene con ustedes, amables lectores. Sobre todo, porque ahora me encuentro en una situación distinta que me permite hablar con libertad.
Recientemente me salí del trabajo en el que estuve desde inicios de este año, lo cual me coloca en una posición desde la que puedo, por fin, hablar de todo lo que siendo trabajadora no podía decir sin poner en riesgo mi única fuente de ingresos. Ahora que pude salir de ahí, no puedo simplemente dar vuelta a la página y olvidar que aún hay personas que siguen trabajando bajo las condiciones que me hicieron irme, y de las cuales no es fácil enterarse si no se está allí dentro.
Mi trabajo como profesora en una preparatoria privada en la Ciudad de México estuvo lleno de red flags desde el proceso de selección: nunca tuve certeza de qué condiciones tendría como empleada. No me hablaron del salario, del contrato ni de las prestaciones. Traté tímidamente de averiguar con qué condiciones contaba, aunque sabía que no debía “incomodar” preguntando esas cosas si no quería perder la oportunidad de tener un empleo, el cual necesitaba urgentemente, pues vivo por mi propia cuenta. Aun así, seguí adelante porque, de todos los lugares a los que envié mi CV, éste había sido el único en donde me habían entrevistado dos veces. No tenía opción, así que consideré que debía aceptar las condiciones que fueran.
Después de haber ido a dar dos clases muestra, me llamaron por teléfono para decirme que “querían trabajar conmigo”, y no que yo “estaba contratada”, lo cual no fue aleatorio, pues nunca tuve un contrato formal, ni vacaciones, ni Seguro, ni prestaciones; ni siquiera días feriados. Mi sueldo fue siempre inestable (al día de hoy no sé con seguridad cuánto me pagaban por una hora de clase). Siempre tuve pocas horas a la semana, pues mi acervo personal de lecturas fue más determinante que mi licenciatura y mi posgrado para facultarme como profesora de Literatura.
Todo esto logró hacerme dudar de mis capacidades, e incluso me culpé por no haber hecho más. Con el dinero limitadísimo, la moral y mi salud mental por el suelo, perdí de vista que, de hecho, mis alumnos respetaban mi trabajo, aprendían y me tenían aprecio; que, en realidad, nunca había recibido la orientación adecuada sobre el trabajo que se esperaba de mí; y principalmente, que estaba dando todo lo que me quedaba, aun sin ninguna garantía. No caí completamente porque mi pareja y mi familia me ayudaron a sostenerme. Con esa última fuerza, moví todo a mi alrededor para salir de ahí, y finalmente, se logró.
Mi salida me sabe dulce por un lado, pero muy amarga por otro. Dulce, porque me libero de un espacio denigrante, para abrirme camino hacia nuevas posibilidades. Amarga, porque mi ausencia deja un espacio para otra persona cuya urgente necesidad de trabajo la hará soportar lo que sea, tal como tuve que hacerlo; porque salgo yo, pero se quedan muchas más personas a seguir padeciendo condiciones que no merecen pero que han sido convencidas de que sí. Este amargor viene también porque sé que la necesidad de las personas es tan grande, y las opciones dignas de trabajo, tan pocas, que la violencia psicológica, económica y laboral seguirán siendo perpetuadas por el poder que ve en la necesidad de las personas una manera de afirmarse. Mi salida es amarga también, porque, verdaderamente, disfrutaba estar ahí para dar clases, convivir con mis compañeros y mis estudiantes.
Pero esta sensación amarga no me dura mucho, pues rápidamente se convierte en indignación al pensar más ampliamente en el panorama del mercado laboral mexicano, pues existen instancias y organismos, como la Ley Federal del Trabajo, la Secretaría del Trabajo y la CONAPRED que, supuestamente, protegen a los trabajadores. ¿Y entonces? ¿De qué sirve tanto papeleo y verborrea, si lugares como éste pueden existir tranquilamente durante décadas, sin ninguna represalia ni responsabilidad, violentando personas y jugando con la calidad educativa de los adolescentes? ¿De qué ha servido tanta burocracia y regulación, si al final eso no ha garantizado que tengamos un trabajo digno, aun teniendo posgrado y todo aquello que sirve para “progresar”? Si hubiera numerosas opciones de empleo dignas, estoy segura de que nadie tendría un motivo razonable para quedarse en un trabajo que no muestra respeto por sus trabajadores. Sencillamente, buscaríamos el empleo que ofreciera lo que consideremos mejor, y daríamos lo mejor para conservarlo. Lo único que legitima la existencia de lugares de trabajo como éste es la carencia de opciones dignas para tener un empleo, pues la creciente demanda de trabajo no alcanza a ser satisfecha en absoluto. Tanta instancia gubernamental ha servido nada más para indicarles el camino burocrático para garantizar, ante los ojos del Estado, que todo está en perfectas condiciones, aunque en la práctica, los empleadores ejerzan todo tipo de violencias. Y una, como trabajadora, tiene que esperar a contar con la fortuna de encontrar otro trabajo para poder hablar de todo esto, sin que su fuente de ingresos corra peligro, pero mientras tanto, hubo que soportar en silencio, el mismo que hoy todavía necesitan guardar mis ex compañeros de trabajo.
Yo me llevo experiencias muy gratas de todo esto; conocí personas increíbles y aprendí mucho, pero no gracias a las condiciones laborales que tuve, sino a pesar de ellas. Pero no quiero convertir esto en una epopeya personal romantizada, porque lo importante es no olvidar que si no se transforma la lógica de dar y pedir empleo, la corrupción, el desempleo y la precarización seguirán creciendo en los próximos siglos. Es cierto que de todas las experiencias se aprende, pero ¿de verdad hace falta pasar, primero, hambre y carencia para adquirir mejores habilidades docentes? ¿Por qué es “normal” vivir experiencias como éstas para los jóvenes de mi edad que están en sus primeros años de trabajo? ¿De verdad existen espacios de trabajo que no cuidan a sus trabajadores porque su misión es ser la “primera chamba” de las personas, y ya?
Salir de trabajos como éste es, prácticamente, un privilegio, dadas las condiciones laborales de nuestro país. Pero encontrar opciones de trabajo no debería ser así. No debería ser difícil encontrar un trabajo que nos ofrezca condiciones dignas, donde no debamos soportar carencias y humillaciones con tal de no quedarnos sin dinero. Tal vez no sea todavía tan claro qué debemos hacer para que esto cambie, pero lo que sí se puede corroborar es que el gobierno no ha garantizado que el mercado laboral sea más amplio, ni que tenga mejores condiciones. Más bien, ha maniatado y monopolizado la creación de empleos dignos, porque a la clase política no le interesa que la gente mejore su calidad de vida: les interesa asegurar la existencia de eternos dependientes precarizados que legitimen sus ingresos.
Mientras tanto, no dejemos de señalar toda esta violencia sistemática. No simplifiquemos el problema diciendo que es cuestión de “echarle ganas”, porque no es así. Millones de personas le echan ganas todos los días en sus trabajos informales, y eso no ha transformado sus condiciones laborales ni garantizado la creación de más empleos con condiciones dignas. Si un día tienen, queridos lectores, la fortuna de liberarse de terribles condiciones laborales, como yo ahora, no olvidemos nunca cómo es (sobre)vivir en total incertidumbre, porque sigue siendo la realidad de muchas personas. Si han tenido la (aún más grande) fortuna de nunca pasar por una situación así, valoren la oportunidad que tienen sin negar la experiencia de quienes han sido menos afortunados. Y, si siguen soportando condiciones indignas de trabajo, no se desesperen. Resistan, pero no hasta el punto de quebrarse. No dejen de buscar oportunidades ni pierdan la confianza, porque los empleadores más déspotas nos desmoralizan para convencernos de que nunca encontraremos algo mejor que el empleo mal pagado del que somos cautivos.
